Mi vida en mil palabras
Artículo publicado en la Revista Intramuros

Siempre discuto con mi hermano mayor por el mismo tema. Me dice que no es posible que yo me acuerde, que sólo rememoro lo que él me contó.  Pero yo lo recuerdo bien.  La noche previa a comenzar el primer grado del colegio, junté cuanta revista encontré a mi paso, las apilé sobre la mesita de luz, me calcé el guardapolvo blanco y me metí a la cama ansioso.  Estoy seguro de haber pensado: “Mañana me enseñan a leer, así que cuando vuelva de la escuela, me las leo todas”. Como sea, dormí mal a causa de las sensaciones que estrenaba.  Tengo una vivencia nítida de mi deseo, aunque olvidé mi frustración, probablemente, por la explicación de mis padres: una maestra jardinera y un médico psicoanalista.

No nací ese día, pero es el primer recuerdo claro que tengo: los anteriores son más bien reminiscencias fugaces, evaporables.

Quizá la memoria rescata el momento como un augurio, porque me fue bien en la vida, aunque, como el común de los mortales, no poseo un talento especial, ni inspiración, ni olfato, y sí podría enumerar habilidades de que carezco y computar más de una torpeza.  Acaso sea la razón por la que tuve que sacar de otro mazo mis cartas ganadoras: las ganas, la voluntad y el método –el mío- que consiste en hacer las cosas tan bien como puedo, las que elijo y las que no.

Cumplí los mandatos familiares y sociales para “ser alguien”.  Aquellos que sentenciaban que si uno hacía los que le indicaban, “triunfaría”.  Hoy me jacto de que mi logro consiste en ser, más que en tener. 

Si bien es cierto que la suerte y las posibilidades me acompañaron, fundamentalmente hubo familia, ejemplos, maestros, amigos y personas de bien que influyeron en mí positivamente.  También, escuela y universidad, canciones y libros, y un barrio con partidos de fútbol en las veredas, con camisetas de River (la mía) y de Boca, de Racing e Independiente, o sin ellas: sólo aquella mezcla de cueros oscuros y claros juntados en la calle, que entonces no era peligrosa, sino el teatro en donde se representaban las mil y una obras de la integración social.

La realidad me enseñó que no se aprende a leer en un día.  Fueron sus límites los que también me decidieron a estudiar derecho, cuando advertí que la filosofía, la historia, la literatura y otras disciplinas apasionantes anunciaban la dificultad para ganarse el pan haciendo de ellos una profesión.  Luego me dediqué a los impuestos.  Esta decisión no tuvo en cuenta la voluntad o la intuición; fue simplemente ese encuentro que se produce en la búsqueda, acuciante, del primer trabajo: en este caso una relatoría en un tribunal fiscal.  Y fue entonces cuando inicié mi romance con el derecho y las palabras. 

Mi experiencia me convirtió en una suerte de ateo vocacional, que tiende a creer que la vocación no está en hacer lo que se quiere sino en querer lo que se hace.  Quizá mi única vocación haya sido la de “aprender y enseñar”, pero eso, como lo sabe todo abogado, no es una vocación sino un derecho.

Aprendía también a realizar otro ejercicio: pensar la vida humana como una novela, para encontrar el argumento, el secreto o el nervio que la mueve.  En mi caso, la sensibilidad – la del alma- hecha sentimiento parece ser la que domina el pensamiento y la acción.  Desde que ello puede ser tan bueno como malo, según la intensión (con s) y la intención (con c), he tratado de reconocerlo como un legado religioso y humanista: aceptar al distinto, comprender al otro, ayudar al que lo necesite y no renunciar a ser mejor persona.  A veces, lo logro.

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